1.1.09

Se terminó el confeti

Hablaba ayer con alguien de huelgas generales, grupos de poder, sindicatos. Después de beberme la última copa, me impuse –yo es que soy muy veleta– que probablemente no la habrá, no se moverán un metro. Brindamos porque no pasará nada y, en medio de la casa okupa que será desalojada, asumí que era momento de marcharse. (Me despedí –creo que lo hice–, balbucee unos abrazos y juntos llegamos hasta el vagón). En cualquier caso esta mañana estaba dormido, confiaba que ella me sacaría de la estación por una triste valla, como así fue, pero puedo ver las caras descompuestas de decenas a mi alrededor, un siete en la metafórica americana, mirando al cielo del metro, al fluorescente que parpadea, entreteniendo la vista en la chica del chuzo que duerme sobre el hombro de enfrente. Y las reales ganas de vomitar.

Se calza el traje de todas las nocheviejas para, a continuación, enchufarse una copita de champán y pintarse en el baño del tugurio-cuartel. “Salir de marcha” es parecido a hacer la mili, hasta que un día, como en el juego de las sillas, se empareja, Ford Focus, Partido Popular, Casa Coche Crédito, Hijos y horcas; sólo esta última imaginaria, aunque no siempre, porque algunas veces, ya saben... Cuaj (onomatopeya de cuello crujido).

Retorno al principio de cada año; quedan fuerzas para celebrar que, en efecto, se termina el vapor, que nos vamos quedando afónicos, poniendo viejos. De vuelta a cinco besos más multiplicados por cada mejilla conocida y a no saber bien qué decir a uno de cada cuatro.

Ayer, en lo que consideré más álgido, alguien me dijo que abriera la botella como los campeones. Nunca lo había hecho antes así que contesté ¿Por qué no? Agité el champán como un poseso, y más o menos con la misma cara rocié a quince, veinte personas, las que estaban cerca ¿Un idiota o alguien super divertido?

Fue antes de que me pusiera a hablar de laboral, sindicatos, criminales. Del otro final de la otra fiesta.